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domingo, 10 de febrero de 2019

Corsés


 Las personas dejan de ser "lo que son" para convertirse en "lo requerido" por las circunstancias sociales que se anteponen. Lo hacemos serena o vertiginosamente, en el día a día sin poder respirar aire puro del bosque del alma y del cuerpo.
La gente humana usa cotidianamente por los roles requeridos, corsets culturales que hacen que uno se funda y difumine en la plaza del barrio por la tarde con luces de sol de verano o en la cocina de su casa con el mate amargo recién preparado, que se escupe a la Pachamama en la pileta de la mesada. Escupe el mate y se pone el corsé de cortesías y antipatías sociales y culturales para andar el dia.
Solamente puede dejar de ponérselos (los corsés de hierro de subjetividades) cuando cae en el sueño del mar de playas oníricas, plagadas de crustáceos y peces subjetivos, que sólo a veces podemos ver, a veces podemos recordar y a veces, muy esporádicamente podemos interpretar en el diván psicoanalítico. Inclusive cuando ésto nos pasa, cuando podemos sentirnos agraciados, uno se queda sin palabras y se siente felíz como "El Príncipe" de Rousseau. Libre de toda intoxicación social.
Sacarnos el corsé de fierro con remaches y tonillos- como dice el tango- en el diván, es como acercarnos con una balsa al "nóumeno-isla" kantiano donde se pierden las categorías del fenómeno y no se ve nada más que la bruma. La barcaza se acerca a la isla, es decir, a lo narrado en el sueño y nos tapa la bruma por completo.
Debemos encontrarnos muy despacio acompañados por un vaquiano de ese mar y de esas islas del Inconsciente . Pero se puede con esfuerzo y trabajo. Claro que sí y hay que hacer el intento de encontrarse con uno mismo. Corsés o ceñidor que seguiremos teniendo y renegando por su peso toda la vida, pero con más posibilidades de encontrarnos.