¿Sabés quien soy yo? ¡No me mirés con esa cara, no me mirés! Me dan ganas de darte un esquiafo. De verdad ¿No sabés quien soy?
Así tiene que comenzar uno, el duro trabajo de poder comer una cabeza. Lo primero que hay que hacer es confundir a la víctima, digamos, totalmente desorientarla para que pierda su norte y agarré para cualquier lado. En ese momento el sujeto se confunde y empieza a pensar lo que uno hábilmente le dice, o sea, nada trascendente. Nutrientes necesarios para el come cabeza, de raza, son los ingenuos.
El ingenuo, por lo general, pone su índice y su pulgar en la pera, frunce el ceño, saca trompita, y dice: "Sabés no se de que me estás hablando". Y ya está todo dicho. Sacamos suavemente del estuche la cuchara plateada tamaño postre y empezamos a saborear ese Valero que se ve sabroso de nutrientes que anhela el verdadero come cabezas.
Hay que comenzar suave, seguir con ritmo y finalizar la escena como en película de Alfred Hitchcock Los pájaros. Darle sin asco, así nomás, a lo bestia. Sin ley, sin moral y sin ética.
Comer cabezas es un noble arte para el que practica esa obra. Y aquel que desconoce esas virtudes toma el suceso como inhumano.
Preste atención si le seducen las palabras y pensamientos que quiero ofrecerle. Coma cabezas, inicie ésta noble, macabra y sin sentida tarea. Arrinmese a algún desprevenido de la cola del Banco y deglutesé un balero. Nunca va a dejar esa tarea. Créame.
Déjeme ver su mollera. A ver. Tiene una cabeza que desprende un aroma muy apetecible. Mmmmm
