La vida es compleja o simple según como nos dispongamos a verla. En ocasiones, no siempre, con retos que aparentan simplicidad no podemos y con cruzadas de enormes desafíos logramos el cometido.
En la escuela secundaria hay materias difíciles como en la vida. Uno va viendo que se va acercando un escollo en el año siguiente, siempre y cuando pase, y se pone "trémulo de pavor" como diría Almafuerte.
Resumiendo. Llegué a tercer año y tuve que enfrentar una de las peores materias que uno puede pensar en su vida de secundaria casquivana. La materia era química y la profesora era Amalia Rodríguez que en nada se parecía a la dulzura de su homónima cantante de fado portugués. El nombre no dice nada de uno.
Venía como el titanic con química de tercero. Todas las estupideces de una existencia líquida y banal se habían apoderado de mis quince jóvenes años, pero Amalia Rodríguez me daba mucho miedo. Como a todos. Sea guapo o compadrita o aplicado o lo que sea llegaba el martes en la tercera y cuarta hora y se paralizaba el mundo. Entraba Rodríguez y era pánico terrible, los carbonos y los oxígenos se iban a cualquier lado.
Mi primo fue uno de los pocos. Siempre es uno de los pocos. Aprobó química y le pasó el trapo a toda la gilada. Es ocho meses más grande que yo y estaba un año más adelantado. Un día le ciento del cagado magnánimo que despertaba la profesora Amalia Rodríguez y me dio el antídoto contra ese veneno puro. En pocas palabras me explicó como aprobar química de tercero.
La clase consistía en pasar al pizarrón cuando los nervios del que solucionaba la fórmula estaba a punto de explotar. Amalia te gritaba. Así no más como quien no quiere la cosa ¡Qué hace señor! ¿¡Usted no se da cuenta de lo que está poniendo!? En voz alta y de forma agresiva. El que estaba en el pizarrón le ponía una rayita más entre el carbono y el hidrógeno y por ahí era que la palabra hidróxido no tenía la tilde.
Cuando se llegaba a ese punto mi primo me dio la clave que consistía en mirar en la carpeta la fórmula, levantar la mano, pasar al pizarrón y solucionar como un héroe la fórmula. Eso me enseñó mi primo Gastón. Nada de chuparse los mocos y encontrar la ocasión y darle para delante. Como hizo siempre él. El secretongo residía en cansarla hasta que diga basta.
Pasabas de araca, te ponía una nota y dale pa' delante. La siguiente clase hacías lo mismo y a la semana de nuevo -¿Profesora Rodríguez puedo pasar?
Hasta que la cansabas y te decía que no pasaras.... que pase fulano o mengana y ahí ya estaba todo listo.
Gracias a mi primo aprobé química de tercero, otro que también aprobó fue el mejor de mi curso y de la escuela, el gallego Amadey. Le debía muchas en matemática y era una forma de quedar a mano.
De maravilla le hice un ole al iceberg. Ese año me llevé siete materias pero química no. Las di todas en diciembre porque en mi casa me pasaban por una picadora de carne si me llevaba materias a marzo.
Es una anécdota de como afrontar lo complejo de ésta vida. Me acordé cuando whatsappeaba con Gastón, yo encuarentenado y él solucionando los problemas de una empresa a las once de la noche. Es así la vida hay que darle para delante y pasar al pizarrón cuando todos están cagados en las patas.
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